Mi querida Dharma,
Hoy es 8 de abril del 2025 y quisiera contarte con fue el día más duro de mi vida:
El 7 de abril de 1989 era viernes. Mi abuelo llevaba ya semanas en cama. Tal vez meses. Su cuerpo, antes fuerte, se había ido apagando poco a poco, como una vela que se consume lento pero sin pausa. Tenía el estómago inflamado y no podía ir al baño. Esa noche, pidió algo muy específico: una gaseosa de cola con sal de magnesia. “Pa’ ver si suelto esta tranca”, dijo con la voz que ya no era la de antes. Mandó a mi abuela, pero fui yo quien salió a comprarla. Era tarde, entre ocho y nueve de la noche.
Volví, le dieron la mezcla, y nos fuimos a dormir. Nada hacía presagiar lo que vendría.
El 8 de abril, sábado, desperté muy temprano. Fue un sonido lo que me levantó. Algo húmedo, como cuando se lanza agua contra el piso. Pero no era agua. Era sangre. Mi abuelo estaba vomitando sangre. Los coágulos salían como estallidos, y al golpear el suelo explotaban, hacían ese ruido que ahora, tantos años después, aún puedo oír. Fui a su cuarto. El piso parecía un campo de batalla. Trozos oscuros, húmedos, pesados. La escena me paralizó. Me escondí en mi cama, encogido por el miedo, y lloré.
Era solo mi abuela Trina y yo. Mi mamá no estaba en casa aún. La mañana avanzó entre el susto, la confusión, el silencio.
Yo no entendía qué pasaba, pero algo dentro de mí sabía que lo que estaba ocurriendo era grave. Muy grave.
Traté de pensar en otras cosas. Recordé que justo ocho días antes, el domingo anterior, mi abuelo se había levantado por primera vez en mucho tiempo. Fue un milagro chiquito. Mi mamá había comprado un pequeño equipo de sonido. Mi abuelo, emocionado, le pidió que pusiera una ranchera. No teníamos discos, así que ella fue a los vecinos a buscar uno prestado. Consiguió “El Caballo Blanco” de José Alfredo Jiménez. Él se rió. Se rió de verdad. Se tomó una copita de vino. Fue tan poco… pero fue tanto. Parecía otro. Como si el alma le hubiera vuelto por un instante.
Ese recuerdo me ayudó a levantarme. Mi abuela me preparó café negro con pan, servido en un pocillo azul de plástico, quemado por el fuego de la cocina. Me pidió que fuera a comprar purina o maíz para los pollos. Yo salí, con la ranchera metida en la cabeza, como si me la hubieran tatuado en el pensamiento. Caminé rápido, como si volara. Las calles me pasaban por los lados como si yo no las tocara. Todo era irreal.
Cuando volví, encontré a mi mamá. Había regresado del trabajo. Estaba limpiando. El suelo ya no tenía sangre, pero el aire seguía lleno de algo que no se iba. Mi abuelo ya no hablaba. Solo asentía o negaba con la cabeza. Mi mamá insistía en llevarlo al hospital, pero él no quería. Era un no suave, casi inaudible, pero firme.
No almorzamos ese día. Yo solo comí pan. Mi estómago estaba lleno de nudos.
A eso de la una de la tarde, mi mamá me pidió que fuera a buscar un taxi al parque. No teníamos teléfono, así que todo se hacía caminando. Fui, encontré el taxi, lo traje. Entre ella, mi abuela y el taxista intentaron levantar a mi abuelo, pero él estaba aferrado a la cama. No quería irse. Tuvieron que llamar vecinos para ayudar a despegarlo del colchón.
Antes de salir, me miró y me dijo “Carlitos… pórtese bien”. Esa fue la última vez que escuché su voz.
Dos horas después, alrededor de las cuatro de la tarde, alguien tocó la puerta. Era la vecina. Yo andaba como un fantasma, dando vueltas por la casa sin saber qué hacer. Fui a abrir.
—Carlitos… tu abuelo está muerto.
Y todo cambió. Sentí que se me partía algo por dentro. Como si una puerta se cerrara para siempre.
Mi mamá llegó poco después. Comenzó a quitar los muebles, los vidrios, los cuadros. La sala se convirtió en un espacio sagrado. Como a las siete llegó la funeraria. No me dejaron verlo al principio. Me encerraron mientras lo preparaban. Cuando por fin salí, estaba ahí, sobre el piso, rodeado de flores, un vaso de agua a un lado, su rostro morado, muy quieto.
Ya no me veía. Ya no me hablaba. Ya no reía con rancheras. Nunca más volvió a decirme “Carlitos”.
Desde ese sábado, cada sábado a las dos de la tarde, salgo de casa y paso por las mismas calles. Como entonces, cuando iba a buscar el maíz para los pollos. Solo que ahora camino con el eco de su voz detrás de mí.
Y no lo alcancé nunca más.




